HISTORIAS DEL TUCÁN Y LA LUNA

I
UN GRAN AMOR

Sucedió que el tucán levantó los ojos al cielo en una noche de resplandores extraños y se enamoró perdidamente de la luna.

Tras escuchar la confesión del ave enamorada, la luna dijo así:

-Está escrito en el universo que quien aspire a mi amor deberá recoger de la tierra el secreto de la felicidad y grabarlo en el cielo.

El tucán recorrió la tierra preguntando por el secreto de la felicidad a todos los seres que halló a su paso.

-El secreto está en tener muchas cosas –le decían unos.
-El secreto está en mandar a muchas personas –le contestaban otros.
-El secreto está en vivir muchos años –le aseguraban unos terceros.
-El secreto está en viajar por muchos países –afirmaban unos cuartos.
-El secreto está en gozar de buena salud –sentenciaban unos quintos.
-El secreto está en tener muchos amores –aseveraban unos sextos.

Y el tucán, confundido ante tantas respuestas diferentes, seguía golpeando con su pico las moradas de los animales y los hombres, en pos del secreto que lo haría digno del amor de la luna.

Hasta que un día oyó risas y juegos, murmullos y canciones, y su corazón le avisó que la felicidad andaba por allí, dando brincos y volteretas por los alrededores.

Al acercarse al sitio de donde provenía el bullicio se encontró con un grupo de niños que se quedó fascinado ante la belleza del ave.

El tucán se hizo amigo de los niños, aprendió sus canciones, disfrutó de sus juegos y compartió sus bromas y su risa contagiosa. Y les contó, a su vez, lo que él había logrado aprender en su ya largo viaje por diferentes sitios de la tierra.

Después de poco tiempo comprendió que el secreto de la felicidad consistía en ser como los niños, en vivir como ellos: con alegría y espontaneidad, con ternura y asombro.

Desde esa noche empezó a escribir con su largo y colorido pico lo que había podido descubrir en el alma de los niños. Y cada palabra que escribía se prendía en el cielo con luces refulgentes: se convertía en estrella, en astro, en asteroide…

El último de sus escritos tomó la forma del ave y se ubicó en el punto más austral de América, formando así la denominada Constelación del tucán. Entonces la luna comprendió que había llegado el momento de amarlo sin reservas. Y así lo hizo. Tanto lo ha amado desde entonces, que quienes saben de estas cosas juran y rejuran que muy pocas parejas han logrado ser tan dichosas.

Dicen también que las manchas que hoy creemos observar sobre la superficie de la luna son, en realidad, bandadas de tucancitos lunares que juegan a la ronda, y que se meten de puntillas en los sueños de los niños que viven en la tierra.

II
LA PROFECÍA

Durante el largo peregrinaje que debió realizar el tucán para poder descubrir el secreto de la felicidad, en cierta ocasión estuvo a punto de morir. Había volado muchas horas sin detenerse; tantas, que finalmente se desplomó sobre un estrecho y polvoriento sendero de herradura, abatido por el hambre, la sed, el cansancio. Y allí se habría quedado para siempre, asado por los furiosos rayos de un sol implacable, de no haber sido por el auxilio que le prestara un joven matrimonio que acertó a pasar por ese sitio.

Ella era pequeña y hermosa. Al sonreír se le abrían dos preciosos hoyuelos en el centro de cada una de sus mejillas sonrosadas. Inspiraba confianza y respeto. De los ojos, dulcísimos, brotaba un intenso fulgor que hacía más penetrante su mirada. El alto y redondeado vientre denunciaba a las claras que no le faltaba mucho tiempo para dar a luz. Viajaba sobre un borriquillo gris, conducido por su esposo, un hombre algo mayor que ella, de barba espesa, ojos negros y mediana estatura. Los dos vestían pobremente, pero irradiaban una dignidad que ya la hubieran querido para sí los más poderosos monarcas de la tierra.

Los esposos se detuvieron y acamparon en aquel paraje rústico.
Ella acunó al tucán en sus brazos delicados y lo cubrió con su manto para protegerlo del sol inclemente. A pesar de que casi se les había agotado el agua y la comida frugal que llevaban, no dudó en compartirlos con el ave. Su esposo asintió con la mirada.

Cuando el tucán volvió en sí, los tres conversaron amenamente:
-Estás cerca de encontrar lo que buscas –le dijo ella.
Y se despidieron. La pareja iba a Belén, a cumplir con un censo que había dispuesto el emperador romano.

A poco de eso, la profecía de ella se cumplió. El tucán encontró lo que tan afanosamente había buscado y alzó el vuelo para encontrarse con su amada. Atravesó la noche negra, negrísima, llevando un castillo de sueños en el corazón. Entonces salió la luna a su encuentro y le iluminó el camino. Lo cobijó con su penetrante haz de luz plateada y el tucán brilló como un astro en la mitad de la noche.

Visto desde la tierra, parecía la más encendida de las estrellas: un lucero pocas veces visto sobre el firmamento. Un astro de belleza increíble que, según cuentan las crónicas de esa época, guió desde Oriente el camino de reyes y pastores, hasta conducirlos a un pequeño pueblo de Judea, llamado Belén…

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